Este viernes 17 de julio de 2026, el Parlamento japonés dio luz verde a una reforma de la ley de sucesión imperial que mantiene intacto el veto a que una mujer pueda convertirse en emperatriz, a pesar de que las encuestas muestran un respaldo mayoritario de la opinión pública a esta idea.
La Casa Imperial de Japón, que según la mitología desciende de la diosa sintoísta del sol Amaterasu, enfrenta un futuro incierto. Actualmente, la línea de sucesión depende del príncipe Hisahito, de 19 años, sobrino del emperador Naruhito, de 66. Si Hisahito, quien no está casado y estudia biología, no tiene un hijo varón, la línea directa se extinguiría bajo las reglas vigentes.
Aunque en la historia japonesa hubo ocho emperatrices, el estatus divino de la monarquía fue anulado tras la Segunda Guerra Mundial y la ley de 1889, incorporada en 1947, estableció que solo los hombres pueden heredar el trono, siempre por línea paterna. Esto deja fuera a la princesa Aiko, hija de Naruhito y de 24 años, quien es popular y apoyada por la sociedad para gobernar, pero descartada por la ley.
La reforma aprobada este viernes autoriza la reincorporación a la familia imperial de parientes masculinos lejanos, mayores de 15 años y solteros, descendientes de once ramas que salieron del registro imperial tras la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Estos familiares están a una distancia de 36 a 38 grados de parentesco con el emperador actual, según la Agencia de la Casa Imperial.
Además, la reforma pone fin a la práctica que obliga a las mujeres a perder su estatus real al casarse con plebeyos, aunque sus hijos aún no pueden heredar el trono por ser mujeres. Un ejemplo reciente es la exprincesa Mako Komuro, sobrina de Naruhito, quien en 2021 abandonó oficialmente la familia imperial tras casarse con su novio universitario.
La discusión sobre la sucesión ha generado tensiones dentro del Partido Liberal Democrático (PLD), liderado por la conservadora Sanae Takaichi, primera mujer en gobernar Japón y férrea opositora a la sucesión femenina. Seiichiro Murakami, diputado veterano del PLD, calificó como “absolutamente indignante” que se descarte la posibilidad de que Aiko sea emperatriz.
Por su parte, Asahiro Kuni, de 81 años y miembro de una de las once ramas imperiales reincorporadas, ha declarado que aconsejaría a sus nietos rechazar la oportunidad de integrarse a la realeza, evidenciando la complejidad y resistencia al cambio dentro de esta institución.
Mientras Japón se aferra a tradiciones que excluyen a las mujeres del trono, la sociedad parece avanzar hacia una visión más igualitaria. Esta reforma, aunque da un respiro a la monarquía, deja claro que el cambio real aún está lejos. En un mundo donde la movilidad social y la inclusión son temas urgentes, la Casa Imperial japonesa sigue siendo un reflejo de un sistema que privilegia el linaje masculino y la exclusión de las mujeres, incluso cuando la opinión pública pide lo contrario.

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