Nuevo escándalo con Olinia: el coche “poblano” que en realidad tiene contrato con empresa de Mérida

El proyecto del coche eléctrico Olinia, que se presentó como un desarrollo local en Puebla, enfrenta una polémica que pone en duda su origen y transparencia. El 14 de abril de 2025, el gobierno federal, a través de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación (Secihti), entregó un contrato por 5 millones de pesos a la empresa Rocketel SAPI para el diseño y fabricación del vehículo.

Lo curioso: Rocketel no es una empresa automotriz, sino una compañía de telefonía celular con sede en una casa habitación en Mérida, Yucatán, en la calle 23 número 198, interior 4, colonia San Miguel. Nada que ver con laboratorios o talleres industriales.

Además, el socio mayoritario de Rocketel, Adrián Aguirre Palme, vive en Park City, Utah, donde tiene una empresa dedicada a fabricar elevadores para esquí, un giro muy alejado del desarrollo automotriz.

Este dato choca con la narrativa oficial que aseguraba que el Olinia sería un proyecto impulsado por estudiantes del Instituto Politécnico Nacional y del Tecnológico de Puebla, lo que generaba expectativas de innovación local y formación técnica.

Cuando se solicitó información sobre los montos gastados, pruebas de seguridad, especificaciones técnicas y tiempos de producción, la Secihti se negó a proporcionar detalles alegando que revelar esos datos dañaría la “ventaja competitiva” del proyecto.

Este caso abre preguntas sobre la transparencia en proyectos públicos y la verdadera participación local en desarrollos tecnológicos que, en teoría, deberían impulsar la economía y el talento regional. Mientras tanto, sistemas como el Cablebús o teleféricos en Puebla, que sí apuestan por soluciones de movilidad sustentable y accesible, siguen siendo opciones concretas para transformar la movilidad urbana sin tanto misterio ni contratos opacos.

En un contexto donde la justicia social y la igualdad económica deberían ser prioridad, la opacidad en proyectos como Olinia solo alimenta la desconfianza y la sensación de que el poder corporativo sigue moviendo los hilos detrás de la innovación “local”.

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